Alrededor de siete millones de personas ya no pueden acceder a nuevos préstamos. Las deudas se convirtieron en uno de los problemas más angustiantes de las familias.
Las deudas se convirtieron en uno de los problemas que más angustian a los argentinos. Con los ingresos en retroceso, millones de personas recurrieron a tarjetas de crédito, préstamos bancarios y créditos informales para cubrir gastos básicos: comprar alimentos, pagar servicios o simplemente llegar a fin de mes.
Se estima que unos 20 millones de argentinos están endeudados y que los niveles de morosidad alcanzaron cifras récord durante el último año. Alrededor de siete millones de personas ya no pueden acceder a nuevos préstamos, en un contexto marcado por el deterioro de los salarios durante los últimos dos años y medio.
El problema se profundiza en las billeteras virtuales: allí, la morosidad pasó del 7,3% al 29,6% entre octubre de 2024 y mayo de 2026. En los préstamos personales alcanza el 14,9%, mientras que en las tarjetas de crédito llega al 12,5%.
Pero después de sacar el préstamo viene lo más difícil: devolverlo con el dinero que queda después de cobrar el sueldo, cuando muchas veces ese crédito se utilizó para cubrir necesidades básicas.
Y cuando el pago se demora, comienza otra etapa de la historia. Primero llegan los llamados. Después, los mensajes. Con el paso de las semanas, aumentan la insistencia y la presión. En algunos casos, las comunicaciones adquieren un tono amenazante y terminan instalando un estado de miedo y persecución permanente.
“Me llaman todos los días”
Ese es el caso de María, quien relató a pagian12, cómo convive con los llamados y las presiones de una compañía de cobranzas que reclama una deuda de su exesposo. La particularidad es que María se separó de él hace dos décadas.
Sin embargo, las llamadas continúan.
El teléfono se convirtió así en una fuente cotidiana de angustia. La insistencia de los cobradores atraviesa la rutina y obliga a vivir pendiente de quién está del otro lado de la línea y qué nuevo reclamo llegará.
La situación expone una problemática que crece al ritmo del endeudamiento: la cobranza de deudas dejó de ser un episodio puntual para convertirse, para miles de familias, en una presencia cotidiana.
En medio de una economía donde cada vez más personas recurren al crédito para sostener gastos esenciales, la morosidad no sólo implica números en una planilla financiera. También se traduce en ansiedad, miedo y conflictos familiares.
Para quienes quedan atrapados en esa situación, la deuda parece no terminar nunca. Y detrás de cada llamada hay una historia: un sueldo que no alcanza, una compra de alimentos, una factura que había que pagar o un préstamo tomado como último recurso para llegar al final del mes.
La historia de María agrega otra dimensión al problema: la presión de las empresas de cobranza puede alcanzar incluso a personas que aseguran no ser responsables de la deuda reclamada. Dos décadas después de su separación, continúa recibiendo llamados por una obligación contraída por su exesposo.
Así, mientras las estadísticas muestran el crecimiento de la morosidad, del otro lado de cada porcentaje aparecen millones de personas que viven con una deuda que pesa no sólo sobre sus bolsillos, sino también sobre su vida cotidiana.






